El primer día que despertamos en Portugal. La noche ha sido agradable. La temperatura en torno a los 20 grados nos ha hecho olvidar las noches tropicales de Zaragoza y nuestro ubicación es silenciosa solo alterada al amanecer por el trinar de los pájaros.
Hoy vamos a hacer una incursión en las playas. La más famosa la de La Marina. Pero la masificación turística nos impide llegar a ella. Hay que madrugar para no encontrarse con la carretera cortada por una valla y custodiada por un agente policial. Pero conseguimos acceder a la playa de Carvalho a través de un túnel ya que todas estas playas son pequeñas calas de aguas cristalinas. A pesar de las dificultades, los intrépidos turistas las alcanzan para colocar la marca de verificación en su cuaderno de viajes.
Por la tarde, decidimos ver el atardecer en el Cabo de San Vicente, el punto de tierra más suroeste del continente europeo. Nuestra decisión como en el caso de las playas de "culto" es compartida con varios miles de personas que hemos hecho un centenar de kilómetros para ver este fenómeno diario de la naturaleza. Tuvimos suerte y no estaba nublado.
Volvemos a tiempo para cenar en nuestra Fiesta de la Cerveza donde observo como un agente de la Guardia Civil española vestido con su uniforme comparte vigilancia con sus colegas de la GNR (Guardia Nazional Republicana).
Por este día, nada más. A pesar de las multitudes y del sonido de los grupos electrógenos de la caravana de bebidas, el atardecer en el Cabo de San Vicente merece la pena. No olvidar la ropa de abrigo, incluso antes de anochecer el viento es frío.










