Este curso comienzo el club de lectura con un pequeño librito que recoge tres artículos del filósofo Emilio Lledó. Reconozco que, a pesar de haber estudiado filosofía hasta en mi licenciatura, he tenido que leer tres veces cada artículo y escribir un resumen para comprenderlo.
El artículo corresponde al año 2002 pero podría volverse a publicar hoy.
Propone el inconformismo con las palabras y con los hechos porque son muestra de libertad. La abundancia de comunicaciones abre puertas a la libertad pero también a que se resbale por significaciones y perspectivas para embotarse y enajenarse. Esto me sugiere: La Libertad para tomar cervezas de Ayuso. También me hace pensar en conceptos filosóficos poco habituales como “enajenación”. O también el alienación: “la disolución del vigor intelectual y sentimental de la cultura en su conglomerado de tensiones, obsesiones, ideas y realidades insustanciales que nos vacían y cosifican”(p.19)” (idealismo alemán, Humbolt)
“Limitación o condicionamiento de la personalidad, impuestos al individuo o a la colectividad por factores externos sociales, económicos o culturales”. (RAE)
La lectura, los libros, son el más asombroso principio de libertad y fraternidad.
La pérdida de la substancia tiene su origen en la oscuridad individual ayudada por los mensajes monótonos y la retumbante comunicación. La excesiva información nos encastilla en nuestros miedos, obsesiones, imaginarios; elaborados por esos medios con intereses económicos y de poder.
“Lenguajes falsos, pues que nos llenan con la terrible lógica de la falsedad. Porque esa lógica se hace de los retazos que sostienen pasiones egoístas, soluciones incompletas a los problemas de la vida y de la sociedad”.
A través de la literatura, de los libros, entramos en otros mundos. Por tanto, libertad, libertad para entrar en un mundo de posibilidades. Solo censurada por nosotros mismos “porque hubiéramos perdido, en la sociedad de los andamiajes y los grumos mentales, la pasión por entender, la felicidad hacia el saber.” (p.22)
La literatura va más allá de lo concreto, del tiempo presente; por eso, es un regalo de eternidad lo que nos ofrecen los clásicos.
CLÁSICO
La palabra clásico viene del latín classicus, que significa «perteneciente a la clase más alta» o «de primer orden».
Origen y evolución
Del latín al ejército: Deriva de classis (grupo, flota o categoría social). En la antigua Roma, se usaba para nombrar a los ciudadanos de la clase más alta y pudiente. También se aplicaba a los soldados de la primera clase o infantería pesada.
Del estatus social a la literatura: Hacia el siglo II d. C., escritores como Aulo Gelio empezaron a usar classicus en la crítica literaria. Servía para distinguir a los autores de máxima calidad frente a los comunes o proletarios. Es decir, un autor clásico era aquel que pertenecía a la «primera categoría» de la literatura.
El sentido moderno: Durante el Renacimiento (siglos XV y XVI), el término se fijó para referirse específicamente a las obras y autores modélicos de la Antigüedad griega y romana. Con el tiempo, pasó a significar cualquier obra o modelo ejemplar digno de imitación en el arte, la ciencia o la cultura.
Las palabras fuente de abstracción y solidaridad (?) ha vuelto a acercarse a las primeras e inmediatas experiencias.



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