El otro día mi amigo el positivo me confesó que estaba triste. La situación nacional e internacional no da para muchas esperanzas. A corto plazo, el que algunos miramos, no sé ve quién puede parar el avance de la ultraderecha, el fascismo y la xenofobia.
Este amigo confía que las elecciones de noviembre en U.S.A. den un giro en la política de Trump pero los pesimistas - o realistas - como yo, no estamos tan seguros que se celebren, o que se judicializen, o que se cuestionen, o que no se tengan en cuenta los resultados si son contrarios a la tendencia.
Por otra parte, las masas acuden a gritar contra el presidente de Gobierno, pero las manifestaciones reivindicativas de sanidad y educación (competencia del gobierno Autónomo) apenas concentran unos cientos.
En realidad, está generalizada la pasividad de la ciudadanía. La individualización del PC, del móvil, de la lata de Coca Cola han realizado muy bien su papel desmovilizador. Cada día se comparte menos, cada día se habla menos. Tú estarás leyendo esto porque el algoritmo sabe que tú también piensas igual.
Tampoco vemos que nuestra alcaldesa, Natalia Chueca, se tome en serio el cambio climático más allá de autorizar que pongan grandes sombrillas en las terrazas. Los árboles prometidos darán sombra dentro de veinte años y para entonces seguramente estaré junto a los cipreses del cementerio. Mientras tantos árboles con varias décadas, como poco, sufren las obras, sus raíces son reprimidas por el cemento y en demasiadas ocasiones la motosierra acaba sus días con la justificación de que se pondrán dos retoños, dos palitos que tendrán limitado su crecimiento.
Esta grabación la hice durante mis paseos matutinos. Presencié en directo la muerte de este ciprés.







