El recorrido en los primeros kilómetros sigue el curso del Danubio lo que da un sabor especial al viaje. El compartimento está ocupado por personas de distintas nacionalidades. Los norteamericanos son muy aficionados a hacer sus desplazamientos europeos en tren, quizás porque en USA la red de ferrocarriles es muy escasa.
El tren pasa por estaciones de pequeñas localidades pero cuyas estaciones son muy grandes, tienes una playa de muchas vías. Me atrevo a imaginar que por éstas vías hubo mucho tráfico durante la II Guerra Mundial.
Al pasar la frontera, los dos orondos revisores húngaros son sustituidos por una mujer eslovaca que habla inglés perfectamente. Dos curiosidades que me llevan al pasado: innumerables pasos a nivel con las carreteras y la gorra con cinta roja de los jefes de estación.
Pasado el mediodía, llegamos a Bratislava donde la red amplia red de tranvías nos permiten llegar a nuestro hotel. El Devin, inaugurado en 1954, durante la época soviética es un cuatro estrellas que hemos pagado como si fuera una pensión. Pero volvemos maravillados de su cuidado, de su decoración, de su personal, de su amabilidad. Si vas a Bratislava, alójate en él, merece la pena pagar un poco más. Desde nuestra habitación se contempla la torre de la catedral de San Martín.
Una pequeña vuelta por la ciudad: la puerta de San Miguel Arcángel y las estatuas que nos sorprenden en sus calles peatonales, así como subir al Castillo para contemplar el atardecer, la ciudad desde lo alto.
El Centro de la ciudad es muy pequeño y está lleno de turismo pero al anochecer del domingo solo queda la población local tomando cerveza o helado donde antes estuvieron los miles de turistas que invaden la ciudad en verano.


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